El paso del tiempo

Un año. ¿Se dice fácil verdad? ¿Y dos? Pues también.

Desdé febrero del 2015 deje de escribir aquí, con los meses deje de escribir prácticamente ¡en todos lados! Deje de leer -pero eso ya se los había contado- deje de hablar con muchas personas que en algún momento fueron de lo más importantes de mi vida. Aún importan, si, pero ya no están tan presentes en mi día a día.

El 2015 me paso de noche, lo admito. Pero el 2016 fue horrible, tuvo sus momentos buenos y bastante divertidos; pero no es un año que quiera recordar  y aún así se que lo llevare a cuestas el resto de mi vida para bien y para mal. 

Este año comprobé que la familia más que apoyo puede ser una carga, aprendí a curar heridas que desearía que jamás hubiesen existido, que no merecían existir. Y esto es en sentido literal aprendí entre quejidos y gritos de dolor que recuerdo algunas noches y no me dejan volver a dormir; con gasas, hisopos y todo lo que las heridas abiertas y profundas conllevan.

Me sentí perdida, frustrada e impotente. Conocí a todo el personal de seguridad y enfermería de un hospital, con el tiempo me gane su apoyo en forma de pases a deshoras, permisos para robar un sillón para pasar la noche en vela y platicas sencillas de madrugada.

Quise llorar, aventar todo por las ventanas y gritar. Pero no pude, aún no puedo hacerlo. Antes solía contar muchas cosas, aún lo hago, a pesar de eso lo más importante, lo que de verdad duele no sale tan fácil, no aquí y no con cualquiera.

Afortunadamente, supongo, sé que tengo personas a mi lado que pueden leer mis silencios, que me retan y me pican para hacerme estallar si es necesario. Hasta que saco todo a raudales, pero a pesar de todos sus intentos hice de tripas corazón y seguí adelante sin decir mucho.

Este año, perdí a una persona muy importante en mi vida. Una parte de mi aun siente que si no fuese por que yo decidí empezar otra carrera, no la habrían alejado de mi lado y tal vez seguiría conmigo. Pero por otro lado sé que no podía hacer nada más, que hice cuanto pude para hacer que el tiempo que estuvo conmigo fuera cómodo, que disfrutara, que riera… que fuera feliz.

Yo estuve a su lado, hasta el ultimo momento fue terca, fue tan… ella. No llore ¿saben? me reí. No por que no tuviese un nudo en la garganta, no por que no quisiera hacerlo; simplemente no pude aún no puedo hacerlo.  Cuando la única tía que quiero llego, ella lloro por las dos. Así me encontraron ellos, tranquila y con una sonrisa, haciendo tramites y pensando en lo que se debía hacer; en lo que tenia que hacer.

Sé bien lo que el resto de mi familia dijo esa noche, insensible creo, fue la palabra más repetida. Tengo muchísimas palabras para describirlos a ellos pero ¿De qué sirven? de nada, además ya no importa.

Estos años deje de hacer cosas que me gustan o que creo que me agradan por lo menos. Pero quiero volverlo a intentar, quiero retomar las cosas que deje; por que sé que tengo muchas cosas que contar. Historias que ella dejo en mis manos que nadie más tuvo la paciencia de escuchar y que no quiero que se pierdan o las olvide yo misma con el paso del tiempo.

Así que tal vez, cuando tome valor y decida que es un buen día: escriba. ¿Qué? las escenas que mi abuela me dejo entre los tragos de su café por las mañanas y las maldiciones por no poderse parar sola. Los recuerdos que formamos juntas en las tarde de colorear y los paseos al parque. Incluso puede, que intente cocinar lo mismo que me hacia cuando era niña y llegaba a su casa gritando: ¡abuelita!

La extraño ¿saben? la extraño demasiado. Su nombre, era Paula.

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